La extraña frecuencia del señor de los caracoles

La extraña frecuencia del señor de los caracoles

Acabo de llegar a casa. No sé qué hora es, no sé bien dónde estuve y mucho menos, cuántas horas me ausenté.

Asumo que en algún momento avisé que iba a llegar tarde, porque cuando crucé la puerta, lo único que hizo fue mirarme y decirme que estaba helada y pálida. La miré y no le contesté nada, ¿qué le iba a explicar?

Estoy en el balcón, hecha una pelotita en un rincón, totalmente a oscuras, salvo por la luz de la computadora. El viento frío es como una mano helada que me acaricia y me deja un rastro cálido, de a ratos me hace temblar, pero igual me gusta.

En algún momento, escribí 2000 palabras, que acaban de ser enviadas por mail. ¿Quién tiene tiempo para leer 2000 palabras? Peor aún… ¿de dónde saqué el tiempo para escribirlas? 2000 palabras es mucho, así que ni me gasté en leerlas, solamente, seguí las órdenes fantasmales que me obligaron a enviárselas. Espero que las lea.

Es gracioso igual, porque no me lo imagino a él sentado delante de la computadora leyendo mis 2000 palabras. En realidad, no me imagino su figura humana… imagino más bien, ese todo intangible que cada uno es, ese conjunto de cosas que no son materiales, que no podemos tocar, pero que sabemos que están ahí… flotando. Para hacerlo gráfico, imagino una especie de humo… leyendo mis 2000 palabras.

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Debe ser tarde, porque mi cuerpo pide a gritos que me vaya a dormir, el cansancio me aplasta. Pero me tengo que quedar escribiendo. Escribir me ayuda a ordenar el caos, me dijo una vez… y le creí.

Me siento como el protagonista de ese cuento que me contaron en séptimo grado.

Nunca me lo olvidé, aunque ahora no lo recuerde del todo bien… creo que era la historia de un hombre ciego, que se iba de luna de miel con su mujer a un crucero que se terminaba hundiendo. Para sobrevivir, el hombre, estuvo comiendo los restos de su mujer pensando que estaba comiendo sopa de caracol. Cuando llegó a tierra, lo primero que hizo fue pedir una sopa de caracol, y al darse cuenta que no era el mismo gusto, se suicidó.

Como alteraban el orden de los hechos, tenías que adivinar por qué un hombre que entraba en un restaurant, pedía una sopa de caracoles y, luego de probarla, se suicidaba. Ahí estaba la gracia.

Siempre imaginé al hombre de la sopa de caracoles, como Slender man…  sin cara.

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Si conoces el cuento y estás seguro de que no es así, te pido que te reserves la verdad, porque a mí el cuento me gusta así como lo recuerdo.

Creo que está clarísimo, que lo que me pasó hoy, no tiene absolutamente nada que ver con la historia que conté acá arriba… pero por alguna razón, las sensaciones que experimenté, coinciden, con las de aquella vez.

Raro. Como todo.

Cuando era chica, tenía un librito que se llamaba “La noche infinita”, venía con unos dibujos muy raros, pero me encantaba. Leí ese librito mil millones de veces, tenía algo particular, que ahora, después de años sin leerlo, vuelvo a recordar.

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A las 18 hs salí del trabajo con mi compañero, a quién le pregunté dónde quedaba Bolívar y Av. de Mayo, porque por esa zona siempre me pierdo, me dijo, en un tono muy jocoso, que estábamos exactamente a la vuelta. Nos despedimos y me fui a buscar la parada de mi colectivo.

Ah sí, me estoy olvidando, tenía que ir a un lugar, pero a último momento, decidí cambiar de rumbo.

En el centro pasaba algo, como siempre, y estaba todo cortado, así que abandoné la búsqueda del 24 y fui a buscar el camino más fácil, el subte.

Estuve como media hora esperando a que venga, porque estaba con demoras. Y acá ya empecé a sentir que algo no iba bien.

El tiempo… se volvió… denso. Juro que podía sentir como pasaba. Tic, toc, tic, toc, cada segundo dejaba alguna marquita en mi piel, como dedos invisibles que caminaban sobre mis brazos, dejando sus huellas.

Cuando me bajé del subte, había algo raro en el aire, se respiraba raro. Ignoré esta sensación.

Tuve que caminar el doble, porque encaré para la esquina equivocada. Siempre me pasa lo mismo, parece que lo hago a propósito.

En fin, cuando llegué a dónde tenía que llegar, me encontré con un montón de rejas y ninguna puerta abierta. ¿Y ahora? ¿A dónde mierda voy? Pensé.

Me encogí de hombros y me respondí, “no importa, a algún lado voy a llegar”.

Y acá la cosa se pone extraña, porque después de haber hecho 4 cuadras, me di cuenta que no tenía ni idea donde estaba, aunque me conocía de memoria el barrio, era como si me hubiesen cambiado las cosas de lugar. ¿Dónde estoy? Empecé a preguntarme. Después de dar un par de vueltas, llegué a la calle que estaba buscando, pero el lugar al cual quería llegar, no aparecía. Hice las mismas cuadras, al menos tres veces, hasta que me di cuenta dónde estaba la puerta para entrar. Sin mirar el reloj, adiviné en qué horario debía estar, porque el cielo estaba cambiando.

Este lugar me gusta mucho, porque se me hace que tiene un jardín oculto al que pocos acceden. De hecho, parece un chiste, pero no encontré lugar en el salón, cuando crucé al jardín, ahí había una mesita que tenía mi nombre escrito, con algún tipo de tinta invisible, o mejor dicho, visible solamente para mí. Me senté, pedí comida y me puse a leer.

La tapa del libro que estoy leyendo es verde manzana. Y de ese color se tiñó todo lo que vi en ese lugar hasta que salí.

A medida que la noche le quitaba protagonismo al día, y llenaba todo de oscuridad, yo empezaba a ver las cosas… verdes.

En el jardín, en el que estaba sentada, había luces verdes. La chica que me atendió, tenía la piel ligeramente verde, aunque era muy pálida. Hasta la espuma del café con leche era un poco verde, pero estaba rico igual.

Recuerdo haber estado preocupada por cómo iba a administrar mi tiempo, así que después de comerme un muffin (que se sintió más bien como comer una esponja… verde), guardé el libro y empecé a escribir. Tic, tic, tic, tic. Mis dedos no se quedaban quietos, era como que las palabras brotaban de ellos y se metían dentro del celular. Tac, tac, tac, tac, tac, ya no podía entender las palabras que decían las chicas que estaban sentadas al lado mío, hablaban en otro idioma o mi cabeza había cambiado su lenguaje, de hecho, no escucha ninguna conversación, era como escuchar una catarata, fue tan así, que pensé que les salía agua de la boca. Lejos de asustarme, esto me concentraba el doble, así que seguí escribiendo.

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Mi concentración se vio interrumpida, cuando la mesera de piel verde, vino a decirme que me tenía que cobrar porque estaban por cerrar. Me cobró, le dije gracias y se fue. Si alguna vez las manzanas hablan y sonríen, estoy segura que hablarán y sonreirán como ella.

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Me fui del jardín y pasé por el salón, que ahora estaba semi vacío… pero a medida que caminaba, sentía como los comensales, clavaban sus miradas en mí, tan fuerte, que me dolía. ¿Me habrán visto la piel verde?

Salí y era completamente de noche. Me encanta la noche, porque me gusta la combinación de la oscuridad con las lucecitas de colores de la ciudad, que me hace pensar, que si nos estuviese mirando un gigante, podría ver en cada ciudad, un universo distinto, ya que las lucecitas serían como planetas y estrellas… y nosotros, asteroides dando vueltas, perdidos por ahí, buscando algún rumbo o lugar, que probablemente nunca podamos encontrar.

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(Gracias Spore por la infinita inspiración)

Ya no podría adivinar qué hora era, pero sabía que no tenía que volver a casa, así que pensé en mi próximo destino y caminé hacia él. Al hacerlo, tuve la sensación de que alguien me soplaba, a pesar de que no había viento.

Llegué a la avenida, y sonreí, porque por un momento, pensé que mi fantasía del universo y las lucecitas, podría llegar a ser realidad. Había muchas lucecitas.

Me paré a esperar al transporte que me iba a llevar al próximo lugar. Un hombre se paró adelante mío. Me miraba y me miraba, hasta que se animó a preguntarme algo, que no recuerdo que era, pero que respondí como hago siempre que algún extraño me pregunta algo, con un “no sé” y una sonrisa.

Llegó el transporte lleno de lucecitas… verdes.

Me subí, me acomodé y me colgué mirando a una chica que iba apoyada en una ventana gigante. Me gustó la interacción entre su cara de embole y la velocidad a la que pasaban las cosas que estaban en la calle…Creo que en un momento, ambas cosas se mezclaron y me sentí dentro de  una película de David Lynch.

El lugar al cual me dirigía, tenía dos pisos y yo quería ir arriba de todo, porque nunca había estado ahí. Abrí la puerta, fui hacia la escalera y le pregunté al hombre si podía subir. Me preguntó si me sentía bien, y le dije que sí, que quería tomar algo, a lo que contestó, “subí tranquila y sentate donde quieras, yo ahora voy y te atiendo”. Le sonreí y subí los escalones.

Creo que cuando entras a un lugar a comer o a tomar algo, la mesa te elije a vos, no al revés. A mí siempre me elijen las mesas que están en los rincones y en las ventanas.

Saqué mis cosas para seguir escribiendo, pero la ventana me distraía mucho, porque me dejaba ver todas las luces de colores. Me colgué mirando, hasta que vino el hombre a sacarme de mi asombro, diciéndome “hola, yo soy el que te habló hace un rato, ¿te acordás?”. Seguro lo miré con alguna cara muy rara, porque hizo una mueca extraña. “Si claro”, le contesté… y mantuvimos una conversación muy rara, en la que escuché exactamente lo que yo quería escuchar y no lo que me estaba diciendo, es decir, nada. Puse la conversación en piloto automático (contestando “no sé”, “ni idea”, “me mataste”, “ah”, “claro”) y me dediqué a observarlo, porque tenía algo raro en la cara… era como un robot muy muy muy bien hecho, me hizo acordar a los personajes de Inteligencia Artificial.

Le pedí un té y me lo trajo muy rápido. Elegí un gusto que creí que no me iba a gustar, pero finalmente no estuvo tan mal.

Tenía que terminar de escribir, así que me puse con eso, pero de nuevo, me distraía muchísimo con las lucecitas. En este proceso, alguna fibra sensible habré tocado, porque sentí como se me llenaron los ojos de agua, y se me empañaron todas las lucecitas. Por suerte, tengo un gran sistema de defensa, que hizo que esto no durara más de 3 minutos y  sin derramar ni una gota.

Estaba llegando al final del texto, cuando mi celular decidió irse a dormir.

Lo tomé como una señal.

Luego de pagarle al señor robot, emprendí el regreso a casa.

No tengo idea de cuantas cuadras caminé, pero fue una vuelta extraña, ya que sentí que, cuanto más me acercaba a casa, más me acercaba a la realidad. Me tentó la idea de ignorarla por un tiempito más… pero… ¿y si no volvía? Peor… ¿y si no encontraba el camino de vuelta? Me asustó un poco la idea…

Asumo que en algún momento avisé que iba a llegar tarde, porque cuando crucé la puerta, lo único que hizo fue mirarme y decirme que estaba helada y pálida. La miré y no le contesté nada.

Fui a mi cuarto, y le mandé por mail las 2000 palabras que escribí, el día que me perdí en mi propia ciudad.

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