Lunes

Lunes

Ayer fue un día de mierda. 

Empezó y terminó como el orto. De hecho, no sé como no me dí cuenta que iba a ser un día de mierda, porque desde que me desperté todo apuntaba a que no iba a mejorar nunca, al contrario, se iba a poner cada vez peor.

Primero, a la mañana, mientras me secaba el pelo y mi gato me miraba, el secador de abrió al medio. No sé rompió, solo se abrió, y cuando lo ví tirado en el suelo con todos sus componentes fuera de su carcasa, sentí como que estaba viendo a un pequeño alien con todos sus órganos salidos de lugar. Mi gato se asustó y se fue corriendo.

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Lo arreglé y seguí secándome el pelo. No llegué a terminar porque se partió de nuevo. Me tuve que secar lo que quedaba con la estufa. No sé cómo hice.

Llegué tarde al trabajo.
Me aburrí mucho en la oficina porque fue un día muy tranquilo.
Tuve mucho sueño.

Me agarró un ataque nervioso porque le dije algo alguien que me pareció terrible y en realidad no lo era. Tardé 5 horas en darme cuenta.

El chico de la veterinaria me miró tan fijo a los ojos que me dio mucho miedo. Además hablaba lento y era muy alto.

Perdí un cliente. Dijo que no trabajé lo suficiente, no estaba segura de lo que hacía y un montón de cosas más que no tenían sentido. Me enojé y lloré.

Lo peor de todo pasó en la cena mientras festejábamos el cumpleaños de mi hermana. Estábamos comiendo el postre cuando llegó el tío postizo. Uno de esos amigos de la familia que hace tanto tiempo que son amigos, que ya son uno más de nosotros aunque no compartamos la misma sangre.
Hace 9 meses a la novia le agarró un ACV y quedó mal. La encontró tirada en su departamento nadando dormida en su propio vómito.
En la mesa salió el tema. El contó cómo empezó todo y como estaba mejorando.

En un momento lo dejé de escuchar y me sentí una idiota. No, una imbécil. No, ambas.
A medida que oía el relato de la evolución de su novia, mis problemas se achicaron tanto que parecían invisibles.

A pesar de todos los dulces que comí, me fui amargada del cumpleaños.

Llegué a casa. Me bañé. Me puse a jugar (una vez más) a “Passage”. Abracé mucho a mi gato y me quedé dormida.

Fin.

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