Los videojuegos y yo

Los videojuegos y yo

de eso, siempre me gustaron los juegos “maricones” o los de “nena”. La pasaba mal cuando en el verano iba a Sacoa porque no me gustaba que me miraran mientras jugaba, así que me quedaba jugando a un juego de ratones que no le gustaba a nadie sola en un rincón. No contemos que fui (soy) muy mala en los jueguitos de carrera o en los de pelea o en “los de disparos”.

De una forma u otra, por jugar y/o tener más o menos consolas, siempre me sentí “poco gamer”.

No fue hasta que terminé The Legend of Zelda, A Link To The Past una noche con lagrimitas en los ojos, que entendí que no tenía por qué sentirme menos “jugadora” que el resto.

Vamos para atrás

El primer contacto que tuve con los jueguitos no lo recuerdo porque en mi cabeza es una mezcla de recuerdos compuesta de:

– Ir a jugar al Duck Hunt a lo de mi vecinita.

image

– Ir a lo de mi primo y jugar a un juego de un pibito rubio que se afanaba plata (jamás pude averiguar el nombre).

– Jugar un juego de avioncitos y de lechuzas en una computadora que tenía letras amarillas y símbolos locos.

Pero más allá de este grupo de memorias, lo que marcó un antes y un después en mi vida jugadoril (?), fue el día que mi papá trajo la Super Nintendo a casa.

A mi mamá le pareció una idea terrible, mientras yo saltaba de la alegría por toda la casa.

La consola llegó con 2 juegos, uno de Fórmula 4, o algo así, MUY ABURRIDO, y uno de Los Picapiedras que jamás pude pasar porque me resultaba muy difícil.

Junto con mi caballito naranja de plástico, a quién más tarde voy a decirle Yoshi, sin que me importe el color, la Super Nintendo se convirtió en una extensión de mi persona.

Cuando volvía del colegio, tomaba la chocolatada en el comedor, jugando al Super Mario. Cuando estaba enferma, mamá me traía juegos. Cuando llegaba papá del trabajo, después de la cena, nos juntábamos a jugar hasta la hora de dormir.

Poco a poco, jugar con la SNES se convirtió en un ritual familiar. Y en el símbolo de mi infancia.

Para esta época, ya tenía televisión en mi cuarto, así que subía y bajaba la consola según nuestras necesidades. En general, cuando jugábamos todos, lo hacíamos en el comedor, porque la TV era más grande. El resto del tiempo estaba en mi cuarto.

Un día papá apareció con el cartucho de The Legend Of Zelda A Link To The Past. Y lo empezamos juntos.

image

Recuerdo que era uno de los juegos que más jugábamos.

También tenía otros títulos interesantes, como el Barbie Super Model.

image

Y el Lion King, juego que me partió el corazón y nunca jamás pude terminar.

image

Estaba un día jugando en mi cuarto a este mismo juego, que me tenía loca porque no lo podía pasar y me encantaba justamente por la misma razón, cuando escuché que mamá empezó a llorar a los gritos.

Puse pausa y me asomé despacito por la escalera, con mis 7 años, mega cagada en las patas porque no sabía lo que estaba pasando.

Mi cabeza se ocupó de borrar todo lo que vino después y el recuerdo que le sigue a este, es el de estar tirada en el sillón de casa pintando peces de colores en un librito.

Ese día nos enteramos que mi papá había tenido un accidente y había fallecido.

Vivíamos en Tierra del Fuego y nos mudamos para Buenos Aires, así que entre una cosa y la otra, no tenía mucho tiempo para jugar. Quedó bastante olvidada la SNES… al igual que el Zelda, a medio jugar.

Una vez instaladas en la nueva ciudad, encontré la consola envuelta en una bolsa y me desesperé por conectarla y jugar de nuevo para revivir parte de lo feliz que fui en mi infancia jugando con mi papá.

No tenía el transformador y, por apurada, la quemé y me quedé sin el pan y sin la torta.

Por más que le lloré y le lloré, mamá nunca me volvió a comprar una consola.

Ahí murió mi adicción a los jueguitos, hasta que, como siempre me gustaron las computadoras, mamá me compró una.

El día que descubrí que la compu tenía el SkiFree viví frustrada porque el monstruo gris me comía todo el tiempo, así como enamorada de los perritos que decían woof! cuando los tocabas.

Llegué a la adolescencia y me escapaba a lo de mi vecinito para jugar con la Play 1 hasta muy muy tarde, gracias a Nicolás conocí el Crash Bandicoot.

image

También me iba a lo de mi otro vecinito y le robaba el Gameboy para jugar juegos que ahora no me acuerdo ni cuales eran.

Un día me aburrí y me puse a investigar qué juegos podía jugar en mi PC de mierda, ahí descubrí el maravilloso mundo de los emuladores.

Cuando logré instalar el del SNES y entender como funcionaba, empecé a los gritos: “¡MAMÁÁÁÁÁ, MIRÁ MIRÁ, los juegos que jugaba con papá!”.

Para esa época ya tenía como 15 o 16, era bastante grandota como para andar gritando como una nena de 4 años que acaba de entrar a una juguetería, pero no podía evitarlo.

Me reencontré con el jueguito de Barbie, con el del Rey León, con el de los Picapiedras, con el Mario… y con el Zelda.

Y lo jugué día y noche hasta terminarlo. Cuando vi el final me puse a llorar un poco. Creo que sentí que de alguna forma había saldado una cuenta pendiente.

image

Cuando me dejaron tatuarme, el segundo tatuaje que me hice fue la triforce, esa triforce, en la nuca como un link a mi infancia y a esos geniales tiempos que pasaba tirada en el piso del comedor comiendo porquerías con mi papá y jugando juntos.

Creo que no importa cuántos juegos hayas jugado, cuán bueno seas jugando o cuántas consolas tengas o dejes de tener. Como todo en la vida, con la etiqueta que quieras ponerle, estamos definidos por el amor que le tenemos a las cosas.

Más allá de que muchas veces la paso mejor jugando que viviendo la vida real (?). Los jueguitos me conectan con mi infancia, con mi ser en estado más puro. Así que, perdón por no acordarme los nombres de todos, pero gracias a todas esas personas que hacen juegos. Posta. Gracias <3

Share

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *