Mandy

Mandy

La semana pasada una compañera se enojó mucho en el trabajo. Tenía razón, pero en un intento casi desesperado por calmarla, le dije que no valía la pena que se pusiera así y le regalé el siguiente cartel:

Una tarde hablando con mi tío en Córdoba sobre cosas que no me acuerdo, me contó la historia de la primera vez que escuchó esta frase. Fue gracias a su jefe creo. Mi tío estaba mega enojado por cosas laborales, puteando a todos, y su jefe le dijo “tranquilo, vos acordate siempre que el que se enoja pierde”. Y desde que me contó eso jamás me pude sacar la frase de la cabeza.

Ya es como algo especial para mi y me lo repito siempre.

Mi psicólogo dice que yo me enojo seguido, pero que no lo exteriorizo. Yo digo que no me enojo casi nunca… o al menos eso intento.

Enojarse es una pérdida de tiempo y energía que no tiene sentido, cuesta entenderlo, bah, a mi me costó, pero una vez que lo aprendés, cambia un poco tu cabeza y tu forma de tomarte todo lo que te pasa.

De todas formas, creo que hay dos enojos:

1) El rudioso: Ese que hace que te hierva la sangre y sientas como las burbujitas explotan adentro tuyo. Ese que hace que digas cosas horribles, de las que te vas arrepentir a los 5 minutos. Ese que te deja todo rojo y después te hace sentir como un pelotudo. Ese que te hace pensar “me enojé tanto al pedo”. Ese que te cansa. Ese que, una vez que pasó, no tiene sentido… o no se lo encontrás.

2) El silencioso: Ese que te rompe tanto el corazón que te deja con la fuerza justa y necesaria, para darte vuelta y no mirar hacia atrás. Ese que hace que te alejes sin decir nada. Ese que se expresa con silencios y no con palabras. Ese que hace que no puedas mirar al alguien o que directamente tu cerebro anule la existencia de quién o qué lo causó. Ese que se perdona, pero no se olvida. Ese que hace que las cosas cambien para siempre.

Creo que este es el peor.

Una vez una psicóloga (si, fui a muchas) me dijo que el enojo es la tristeza disfrazada, porque cuando uno se enoja es porque algo le causó mucho dolor.

Lo que me pareció una pavada, hasta que lo experimenté cuando discutí para siempre con mi ex-mejor amiga. Y después de esa vez nunca lo volví a experimentar, hasta hoy.

Pensé que iba a poder ignorarlo, total “a la gilada ni cabida”, pero no puedo. No me siento mal ni mucho menos pero hay algo distinto. Es como cuando algo se rompe y lo pegás, y se vuelve a romper y lo pegás de nuevo, y lo volvés a romper y cuando lo querés pegar otra vez, le falta un pedacito que no podés encontrar, entonces lo pegás sin eso y queda ahí… medio-medio.

Siento que llegué al “punto del no retorno”, en el que seguramente dentro de unos días diga que “está todo bien, total ya pasó”, pero sabiendo que ese pedacito se perdió en el infinito.

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