3 cosas que aprendí en menos de 24 horas

No nací para no entender las cosas. Creo que ya lo dije varias veces, pero realmente odio no entender por qué pasa lo que pasa, en todos los aspectos de la vida. Desde lo más tonto, a lo más grave.

No importa si vienen de un animal, de una computadora o de un humano. Tengo la imperiosa necesidad de saber cómo pasa cada cosa y por qué. Esta es la razón, creo yo, por la cual maquino muchísimo todo. Porque al no encontrar un por qué que me convenza o que sepa que es real y 100% verificado… empiezo a inventar razones por las cuales los hechos se dieron así. Y no está bien, pero no puedo evitarlo.

En las últimas 24 horas hice un click importante y esto cambió un poco:

El otro día hablé en twitter sobre el mal de ojos, la excepción a mi regla. No sé y no entiendo como funciona… pero no quiero saberlo.

Cada vez que bostezo y me duele la panza, al mismo tiempo, sé que estoy ojeada. Llamo a mi mamá, le pido que me corte el ojeado y en 10 minutos ya estoy como nueva.

En una época quería aprender a cortarlo porque me llenaba de ansiedad no saber que palabras mágicas curaban este mal que tanto me afectaba. Ni les cuento cuánto aumentaban mis ganas de aprender cada vez que mi abuela me decía que “era muy chica para saberlo todavía”. Me llenaba de rabia.

A pesar de todo esto, recientemente decidí que la cura del mal de ojo iba a ser un misterio que no iba a resolver. Adjudicándole un poder mágico ya no sentí la necesidad de saber cómo funcionaba. Porque la magia no es cuestionable.

En varias ocasiones intenté aplicar la misma lógica a problemas que tuve con el disco rígido, con el gato o mismo con las personas. Claramente no funcionó porque a nada de estas cosas le puedo adjudicar un poder mágico.

Entonces:

Primera cosa que aprendí:

Hay cosas en el universo que son inexplicables por naturaleza. Que nunca voy a entender ni saber ni comprender del todo… y está bien así.

Es como cuando ves que algo está medio roto y en por querer ver cómo lo podés arreglar lo terminás rompiendo más. Mejor dejarlo en un lugar alto y que no se siga rompiendo. No voy a entender jamás como arreglarlo, pero bueno, al menos tampoco lo rompo del todo.

Segunda cosa que aprendí:

Hay que escucharse más.

Escucharse a si mismo. Pero escucharse bien. Apagar todas las voces del mundo, dejarlas quietas y que escucharse, conectarse con uno.

Muchas veces el otro siempre es el culpable, el otro siempre está en falta, el otro siempre cometió un error, pero cuando viene alguien a hacernos una pregunta, quizás nos damos cuenta de que todo este tiempo, estuvimos mirando mal las cosas, sin hacernos cargo de lo que nosotros queríamos o sentíamos. ¿Y si pensamos que estamos esperando algo pero en realidad no lo estamos esperando? Poner un montón de cosas en los otros es fácil hasta que nos preguntamos qué es en verdad lo que estamos buscando o lo que queremos.

Tercera cosa que aprendí:

A dejar que las cosas sean como son.

Una vez que aceptás que no podés entender todo, te resignás un poco… y esa resignación te lleva a que no te importe tanto. No le das más vueltas al asunto, simplemente lo agarrás, lo guardás en una caja y lo dejás atrás. Porque es como es y no lo vas a poder cambiar. ¿Para qué preocuparse? A otra cosa mariposa.

Conclusiones:

Este año no quiero atarme a nada que me cause problemas. Y parece una pavada, pero es un gran cambio en mi personalidad. Muchas veces cometí el grave error de enredarme con cosas que no iban a ningún lado, de enroscarme hasta tener una pelota gigante de lanas de colores que no se distinguen entre ellas de tan enroscadas que están, solamente por el hecho de tener un problema que destrabar en la cabeza. Es que a veces entregarse a la tranquilidad mental da un poco de miedo y eso hace que siempre necesites tener *algo* (generalmente malo) dando vueltas en las neuronas.

No más.

Me aburrió esa actitud. De hecho, siento que el cerebro se me empieza a hinchar cuando algo así aparece y mi primer impulso, es salir corriendo para deshincharlo.

Este año es para cortar cualquier cable o hilo que se enrede demasiado. Basta de madejas gigantes ocupando espacio al pedo que podría ocupar con otras cosas más lindas, como leer, jugar, hacer ejercicio o pensar cuánto me quiere mi gato.

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