Un mundo hackeado

En mi súper misión de leer un libro por semana, hoy terminé con “La Ética del Hacker y el espíritu de la era de la información” de Pekka Himanen.

Lo primero que voy a decir es que el libro es increíble.

Lo segundo es que no me sorprendió *tanto*, porque casi el 99% del contenido del libro, lo charlamos siempre en las reuniones con Wazzabi.

Lo tercero, es que me deprimió un poco.

Lo cuarto, es que me llena de esperanza y me hace sentir menos sola.

Generalmente cuando uno es el pez que nada contracorriente, por más “cool” que suene, tiende a sentirse (el 90% de las veces), solo y como el orto.

Llega un punto en el que uno se siente: a) loco b) cansado c) sin fuerzas.

Pensás: “¿no habrá llegado el momento en el que tenga que abandonar esto de ir contra el resto y unirme a ellos?”.

En *ese momento* en el que estás pegando la vuelta, este libro llega como una ola llena de menta, para pegarte y decirte “seguí nadando contracorriente, no estás solo”.

Y se te vuelven las fuerzas al cuerpo y seguís aleteando (más) fuerte para construir (o morir en el intento) el tipo de vida que querés tener, el tipo de sociedad en la que te sentirías cómodo, el tipo de mundo en el que te gustaría vivir.

Muchas veces dije que “amo a los programadores”, lo que suena bastante “tonto” sin un contexto. Los amo por que tienen una forma de pensar y de vivir que es increíble. Más adelante me voy a dar cuenta, que tienen algo que se extiende a otra gente y a otras disciplinas, pero, perdón resto del mundo, en ellos resalta y brilla todo el tiempo. La ética del hacker te lo muestra perfectamente y, creo que lo que intenta, es que cada vez más gente, tenga esa mentalidad de programador, pero aplicada a otras cosas. Lo cual, a mi me resulta simplemente, brillante.

Al programador le gusta programar y… basa su vida en eso. Si trabaja en un proyecto, que le gusta y se siente cómodo, puede darlo vuelta y hacerle 2873483657823 mejoras, en menos de una semana. Si hay un problema, no solo no va a parar hasta resolverlo, si no que va a buscar la mejor solución de todas. Lo divertido de estas situaciones es cuando son las 4 de la mañana, se despierta y se pone a programar porque “encontró una forma de arreglar x cosa para que funcione mejor”. Lo viví.

Es genial ver como son tan dedicados, como aman lo que hacen y como comparten todo lo que saben entre ellos (así llegan a armar monstruos mundiales como PopcornTime, por citar un ejemplo actual).

Todos deberíamos aprender la “cultura” con la que viven los programadores.

Claramente todas estas cualidades no se pegan a la forma “normal” de vivir que tenemos. Sus horarios son, generalmente un desastre, odian estar en la oficina de x hora a x hora, pueden dormir hasta las 6 de la tarde, pero programar de 8 de la noche a 8 de la mañana sin parar. Y otro montón de cosas más.

Pero a veces hablar de programadores, te hace sentir un poco tonto, digo, generalmente uno *no entiende* qué mierda hacen y si mirás sus códigos, todos ordenaditos y con 7000 anotaciones, te sentís más bobo que un burro porque no entendés nada.

Tomemos un ejemplo más común: El Community Manager. Posta. Pero el buen Community Manager.

Digo el buen community manager, porque su figura está bastante bastardeada. Hablo de los que hacen, casi erróneamente, de la marca que manejan su marca. Esto quiere decir que no hay horario para ellos, saben perfectamente que la comunidad que manejan no tiene horarios, si son las 9 de la noche y hay un fan que se está quejando, le responden. Si hay 6 mensajes sin responder en el inbox de la fan page, lo responden. Y si ven que un “influenciador” dice algo negativo / positivo sobre la marca (o persona) que manejan, lo anotan, lo guardan, llamar a alguien para ver si se puede hacer algo o escriben un mail para verlo a otro día. Si van caminando un domingo por la calle y se les ocurre algo que puedan usar para algún contenido, lo anotan.

El buen* Community Manager hace esto, no porque le paguen más o menos, si no porque le encanta lo que hace… igual que el programador.

*cuando hablo de “buen” community o la profesión que quieran, hablo de aquellos que más allá de las habilidades que tengan, aman realmente lo que hacen. Las habilidades se aprenden, la pasión no.

Y así podemos extender millones de miles de ejemplos más. La pasión que uno tiene por hacer lo que le gusta, no tiene horarios, ni límites.

Pero me parece que no son nada fáciles de sostener con el sistema actual en el que vivimos.

A veces me parece que repito como un loro las cosas, pero insisto en que los horarios laborales no sirven de nada. Estar 7, 8, 9 horas en una oficina mata un montón de cualidades que un buen programador, periodista, community manager, diseñador gráfico, etc. pueda tener.

En realidad, la concepción y el uso del tiempo actual no sirve de nada. Y nos hace sentir cada vez más “esclavos” y eso nos mata cada día un poco más, creativa y energéticamente hablando.

Creo que no hay nada peor que sentir que uno no tiene control de su tiempo porque está atado a otras cosas. Y no sólo en el trabajo… en las escuelas también.

No todos rinden igual en los mismos horarios, no todos tienen los mismos intereses, no todos funcionamos igual.

¿Por qué entonces seguimos apoyando la cultura de forzar a que todos seamos iguales? Estudiemos lo mismo, trabajemos igual cantidad de horas…

Pensemos rápido en un tipo de escuela distinta: en la que haya que cumplir ciertos requisitos para pasar al próximo nivel de aprendizaje. Hablo de nivel de aprendizaje porque no todos tenemos el mismo ritmo, y si repetís, la sociedad ya te tilda como vago o tarado, dejando un montón de cuestiones fuera de juego… pero lo más grave es que deja de lado el respeto por las capacidades individuales y las pasa por encima, como si todos estuviésemos obligados a ser máquinas que tienen que seguir una línea educacional totalmente recta (y en el trabajo pasa lo mismo, pero con las posiciones).

Para pasar al nivel 2 de aprendizaje necesitás ciertos requisitos, ¿aprendiste lo suficiente para pasar? Listo, empezá el nivel tres. SIN NOTAS por favor, ¿hay algo más frustrante que un 7 o 8 o 9? La presión que ejercen esos números insignificantes en los chicos es terrible. ¿Y quién es el maestro para decidir qué puntaje hay que ponerle al conocimiento? El maestro está para enseñar, no para calificar, su misión es que el alumno absorba conocimiento, aprenda, no que se sienta forzado a sacarse 10 y ser excelente o sacarse 3 y ser un “burro” (y lo mismo para en el trabajo, el jefe inspira, no controla; enseña, no castiga).

¿Y por qué todos los del nivel 2 tienen que estudiar las mismas materias si tienen diferentes intereses? ¿Acaso no podemos tener materias comunes (para cumplir los requisitos) y otras que sean distintas para todos y se adapten a las distintas inquietudes?

¿Y por qué todos tienen que ir en el mismo horario? Tanto para profesores como para alumnos, esto es desgastante. ¿Acaso no podemos tener una educación más libre en la que cada uno estudie cuando realmente tenga ganas de estudiar? Si sé que rindo mejor a la noche, ¿por qué tengo que estudiar arte a la mañana? ¿Y si un profesor sabe que le gusta enseñar más a la tarde, por qué debe hacerlo al mediodía? ¿No sería mejor encontrar la forma, para que todos, pudiéramos *ordenar* nuestros horarios y hacerlos encastrar para nuestro máximo beneficio? (y, de nuevo, lo mismo pasa en el trabajo).

¿No sería genial vivir en un mundo en el que cada uno pueda disponer de su tiempo y seguir cumpliendo con sus responsabilidades? Un mundo en dónde no haya que competir uno con los otros para ver quién es mejor (esto provocan las notas, por ejemplo), si no que todos empujemos para hacer crecer nuestro *trabajo* (como producto de nuestra pasión) y que todos aprendamos de esto (algunos pasarán al nivel 2, otros al nivel 3).

Lo irónico es que, general y a simple vista, estos “sistemas” que chocan con el actual, parece que fueran pensados para “tener más tiempo libre”, “para hacer lo que se nos canta”, “para vivir sin tanto orden”. Cuando la verdad, es que, al menos yo, los pienso en función de ser más productivosde aprender más, de saber más, de trabajar el doble para crear algo genial, para pasar de nivel más rápido, para ser mejores.

Claramente no todo es color de rosa y habrá miles de fallas y cosas que mejorar, pero en “La Ética del Hacker”, se puede ver que no somos los únicos que pensamos así, y que si bien todavía hay mucho por cambiar, nos dirigimos hacia ese tipo de sociedad porque lo necesitamos (si, soy así de optimista), lo único que hace falta, es seguir remando contracorriente.

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