Todo sobre mis psicólogos: parte I

Todo sobre mis psicólogos: parte I

El lunes 04 de agosto del 2014 será recordado en mi vida como un día histórico. Fue el día en el que le dije a mi psicólogo que quería dejar terapia.

En realidad le dije “quiero tomarme unas vacaciones” . No es que me sienta una persona librada de todo problema o peso mental, sino que, me armé de una caja de herramientas muy variada para enfrentar cualquier adversidad que se me presente. Me siento… fuerte. Esa es la palabra. Siento que, a lo largo de estos 4 años, pude construir una hermosa armadura para luchar y protegerme del mal.

Y estoy muy orgullosa, no solo porque la respuesta de mi psicólogo fue “estoy completamente de acuerdo”, sino porque mi historial con los psicólogos y psiquiatras es nefasta.

Agarre pañuelitos de papel, medialunas, pochoclos, coca-cola y/o café, y siéntese a leer todo sobre mis psicólogos. 

Mi primer encuentro con estos profesionales empezó aproximadamente en 1996 cuando me mudé de Tierra del Fuego a Buenos Aires, luego del trágico accidente de autos en Río Grande que causó la muerte de mi papá, dejando a mi madre viuda, con una beba recién nacida (mi hermana) y una mocosa de 7 años (yo).

En la vorágine de no descuidar ningún detalle y ser absoluta y totalmente protectora con sus hijas, mi madre se vio obligada a accionar ante mi gran pérdida (porque Celeste y Jorge eran sinónimo de abrojo), y decidió consultar al pediatra de turno si no era conveniente que yo fuese a terapia. Éste dijo que podría llegar a ser conveniente y mi madre empezó a mover cielo y tierra, preguntando aquí y allá, qué profesional podría contener a su hija antes de que se derrumbara y sucumbiera en una depresión que quizás nunca iba a existir, pero que siempre era mejor prevenir. Y así dimos con la primer psicóloga de mi vida:

Ana María

Ana María era una vecina que vivía en la torre de mi abuela. Y como en ese momento nosotros vivíamos con ella, por consecuencia, también era mi vecina.
Rubia, caderona, alta, con permanente de peluquería, perfume fuerte y horrible, fumadora, con dientes verdosos y, un detalle que jamás me voy a olvidar porque era muy característico de ella, uñas largas como garfios, en punta, y de color magenta nacarado, Ana María era un personaje horriblemente coleccionable.

Tenía un consultorio grande, dividido en dos: Donde atendía gente grande y donde atendía chicos.

La parte donde atendía a los grandes, era fea, aburrida, arrugada, vieja, triste y olorosa. La parte donde atendía a los chicos, igual, pero con juguetes.

Ana María le decía pipí room al baño y, ahora que lo escribo, puedo escuchar su voz rasposa y me agarran escalofríos.

Ana maría me caía bien hasta que empezó a hacerme comentarios raros.

En las primeras sesiones dibujábamos mucho. Bah, yo dibujaba. Ella no. Ella miraba. Miraba, miraba, miraba, y a veces hacía comentarios.

Un día, Ana María me dijo que dibuje a mi familia. Cuando terminé ella me preguntó “¿a quién dibujaste?”.

Contesté “a mamá, a papá, a Camila y a mi”.

Acto seguido, ella agarró delicadamente el dibujo con sus garras de cocodrilo decrépito y con una tranquilidad perturbadora, me miró, se bajó los anteojos a la altura de la nariz y me dijo algo que hizo que todas mis fantasías de colores, burbujitas, brillantina y azúcar se convirtieran en ácido, veneno y putrefacción:

“Tu papá se murió Celeste, no es más parte de tu familia”.

Encerró en un círculo a la versión palito de mi papá y la tachó.

No tengo registro de mis sentimientos después de eso momento, pero creo que puedo decir que el mundo se me dio vuelta y quedé colgando patitas para arriba.

Ese día fue el primero de una larga sucesión de sesiones de las cuales yo entraba bien y salía llorando mares y océanos.

Ana María, al entregarme a los brazos de mi madre o de mi abuela cuando finalizaba mi turno, respondía a mis llantos con una palmadita en los hombros y una sonrisita de vieja profesional asquerosa que la tiene muy clara pero nada que ver diciendo “crecer duele, esto es un proceso”. 

Y como a los niños nadie los escucha porque siempre son caprichosos o no entienden nada, me miraban y decían, “awww, vamos a comprarte un chocolate”. 

La solución es tapar todo con azúcar. Lo dije siempre.

Perfecto.

Mis sesiones con Ana María siguieron y cada vez eran más bizarras, había días en los que jugábamos al bowling, otros en los que dibujábamos mariposas de colores; otros días hablábamos de la menstruación y me dibujaba toallitas en un post-it; y otros días hablábamos de cómo los chicos y las chicas tenían relaciones sexuales. Gracias a Ana María, aprendí que cuando alguien hace un círculo con el dedo y mete el otro dedo dentro del círculo, está haciendo una analogía del acto sexual humano.

Ahh, épocas doradas.

Mi tolerancia hacia esta mujer ya se estaba agotando. Empecé a quejarme y a pelear con mi mamá cada vez que me tocaba ir a lo de este monstruo.

“¡NO QUIERO IR MAMÁ, ESA MUJER ES MALA!”

“TENÉS QUE IR IGUAL, CELESTE, ES POR TU BIEN”

Eran las frases que se repetían en cada pelea que perdía con mi vieja, porque terminaba yendo igual.
Finalmente un día, de curiosidad nomás, mamá le pregunta al pediatra, “escuchame Gustavo, esta nena sale llorando todos los días de lo de la psicóloga y no quiere ir más, ¿será normal? ¿qué hago? ¿le hará bien dejar?”.

“Y mirá, si no quiere ir y la pasa mal, es contraproducente”.

DUH.

Y así llegó el día en el que mi mamá le comunicó a Ana María que yo no iba a ir más a verla.

Hasta el momento, no había tenido el valor para contarle a mamá las cosas que hablaba con Ana María, así que se las conté después y mamá se enojó bastante, pero no recuerdo si hizo o no algo.

Después de estos episodios, no la volví a ver con tanta frecuencia y, cuando la veía, tampoco la saludaba, era muy fuerte para mi.
Siempre sospeché que algo raro tenía, emanaba una energía muy particular, y tan equivocada no estaba, ya que muchísimos años después, me enteré de su trágico final (aunque todavía no se murió): Le agarraron ataques esquizofrénicos o algo así y ahora creo que está bajo tratamiento psiquiátrico y super medicada. Chilfada, chiflada.
Sigue con el pelo largo, sus rulos rubios hechos con líquido de permanente y su caderas gigantes, pero la última vez que la vi, ya no tenía las uñas largas como garfios puntiagudos ni pintadas de color magenta nacarado.

En el próximo capítulo de todos mis psicólogos:

Conozco a Analía, otra vecina. Después de un par de años sin querer saber nada de ir a un psicólogo, vuelvo a terapia casi obligada, gracias a un simil-desorden alimenticio, nada podría ser tan terrible si no fuese porque “me abandona” en el medio de un segundo pseudo-intento de suicidio.

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