Soledad en terapia intensiva

Soledad en terapia intensiva

BUÓ, re dramático el título, pero en realidad le hace honor a *wait for it* mi primer nombre. El peor nombre ever, porque forma una oración muy emo.

Obviamente que toda persona que no me conoce me dice Soledad. Y obviamente que todos los médicos y enfermeras me decían “Sol”, “Sole” y todos sus derivados, que no eran más que esos dos.

Así que por eso el título.

EN FIN, estuve 4 días internada en terapia intensiva porque tuve una migraña muy jodida y me quede sin fuerza en la parte izquierda del cuerpo. Tardé dos días en recuperar el 100% de la movilidad y eso es todo lo que importa del parte médico.

Lo interesante fueron todas las pelotudeces que pensé en esos 4 días que estuve totalmente aislada de la sociedad y cuidada por más de 60 ojos.

Ojalá que nunca hayan tenido que entrar o haber estado en terapia intensiva, así les cuento que, al menos donde estuve yo, había habitaciones privadas, habitaciones compartidas, y habitaciones cerradas, pero que estaban a la vista de todos los médicos.

Durante los primeros tres días yo estuve en la 201, la que estaba literalmente al lado de la batería de las enfermeras, y me explicaron que me pusieron ahí exclusivamente para tenerme controlada.

Mi habitación tenía: una cama, una tele, unos aparatos y nada más. Obvio. Así que no podía hacer mucho más que ver la tele, cosa que odio, y dormir.

La primera noche fue terrible porque tuve que dormir con una bolsa de arena sobre la pierna derecha, a causa de un estudio que me hicieron que fue bastante doloroso (todavía me duele), pero a la vez fue divertido, porque me inyectaron líquidos en el cerebro y flashee LUCY. Lo único que al final me mareé un montón y me puse a llorar. Posta, fue horrible, la habitación no paraba de dar vueltas como una calesita a toda velocidad y me desesperó tanto que le grité a los médicos (¡LES GRITÉ! Desubicada era). Me inyectaron algo y se me pasó a los cinco minutos.

Siguiendo con la primera noche, además de la bolsa de arena, las enfermeras me despertaban cada dos por tres para controlarme la presión y esas cosas.

Me aprendí los horarios:

– A las 12 te controlaban y te daban remedios.

– A las 2 te controlaban de nuevo.

– A las 5 venían a sacarte sangre.

– A las 6 te daban otra vez remedios y, ya que estaban te controlaban de nuevo.

– A las 8.30 llegaba el desayuno (y si estabas durmiendo no te despertaban, te lo dejaban ahí).

En fin, pasé la primera noche bastante incómoda, pero la pasé.

Después de haber dormido como un cerdito hasta las 9.30 de la mañana, lo que para terapia era como dormir hasta las 2 de la tarde, más que nada por el ruido y las luces. Cuando me desperté tenía el desayuno servido y entró una de las enfermeras más copadas que me tocó y me dijo “ah bueno, se despertó la bella durmiente”. Y me ayudó a desayunar porque todavía no me podía mover bien.

Comí mis pancitos con mermelada sin gusto a damasco y queso blanco sin gusto a queso blanco, y me dediqué a ver la tele hasta que vinieron más médicos a hacerme más estudios. Unas ecografías de la cabeza y después un electroencefalograma en donde me sentí así:

Solo que sin la parte de los ojos, claro.

En el medio almorcé y quise dormir la siesta, porque contrario a lo que todo el mundo cree, no hacer nada te cansa más que hacer muchas cosas todas juntas, pero no pude por todos los estudios y médicos.

Así que miré más tele. Y acá comprobé mi teoría de que consumir tanta televisión en cantidades industriales te quema un poco las neuronas. Noté un par de cosas interesantes:

1) Hice ping-pong entre tres canales: Sony, Warner y Universal. SIEMPRE enganchaba las mismas series, The Big Bang Theory, Dr. House y How I Met Your Mother.

2) Me puse a mirar Dr. House adelante de los médicos y los médicos me cargaron por mirar Dr. House adelante de ellos.

3) Tres horas de series pueden ser muy largas o muy cortas, depende del lugar donde mires las series.

4) Es increíble la cantidad de productos que ahora quiero probar y comer y antes me chupaban literalmente un huevo. Va la lista:

El Danette de Banana Split (ese que es tipo helado). Y eso que ni me gusta el Danette, me parece asqueroso.

Los SereMix Licuados de La Serenísima. Sobretodo el de Banana y Vainilla.

Maracuyada de H2OH! Tampoco me gusta nada que sea “finamente gasificado”. Me parece una mentira.

Yogurísimo Cremix Banan Twist. NO PUEDO MÁS, necesito y a comprarlo YA.

Sedal Crema Balance. Ni uso Sedal para lavarme el pelo.

Y creo que nada más, porque esas fueron todas las publicidades que vi. Salvo por la de la limonada de Aquarius (no me gusta la limonada aunque amo a Cepita), la de Ser We (no me gusta nada que tenga gas a medias) y la de la Limón Cero (Levité) que cada vez que aparece ese spot hay que sacarlo porque la leyenda dice que miles de gatitos bebés se convierten en zombies si lo mirás. En fin, la publicidad me da miedo. Y es lo que me da de comer. Así está el mundo.

A la tarde me pusieron un par de electrodos en la pierna y en el brazo para estimular los músculos, me hicieron chistes estúpidos con Jesica Cirio, no los entendí, pero me reí igual y miré más tele.

Y llegó la noche y cené y dormí.

A todo esto, todavía no había entrado en pánico por mi estado, me lo estaba tomando con muchísima tranquilidad y era bastante grave dentro de todo, ya llevaba dos días sin poder mover bien la parte izquierda del cuerpo y yo, con mucha calma, contrario a todos los pronósticos, porque si me conocés un poco, seguro estabas pensando que la primera reacción que tuve fue trastornar a los médicos con preguntas y charlas y cosas y no. Todo muy clama. Sorpresa para ustedes y sorpresa para mi (yo hubiese pensado lo mismo que ustedes si yo fuese ustedes). Quizás así funciono en situaciones extremas. Mirá vos eh.

Tercer día, me desperté fresca como una lechuga adentro de una heladera que no tiene otra cosa que lechuga. Desayuné y me sentí en el Día de la Marmota. Cuando vino el médico lo primero que pregunté fue “¿ME PUEDO IR A CASA? YA ME SIENTO BIEN” Y me dijo “no chiquita, tenés los glóbulos blancos muy altos porque te enchufamos miles de corticoides, vamos a ver si es por eso o si es por otra cosa, te quedas en cuarentena un día más”.

Fuck.

Miré más tele.

Vino mamá con mi hermana y mi tía y comí verduras sin sal. Y no hubo mucha más diversión hasta que se me ocurrió mirarme el brazo derecho.

Ahí descubrí que tenía un brazo de una adicta a la heroína.

Y también descubrí que la enfermera que me sacaba sangre a las 5 de la mañana le ponía menos onda a la actividad que yo tuviese que masticar apio por 60 días seguidos. No sé qué ni cómo hizo, pero me dejó como una venita explotada (?) y tuve parar a mi mamá para que no vaya a asesinar a medio staff de enfermeras.

Esa fue la emoción del tercer día.

Igual creo que es una característica de todas las enfermeras que sacan sangre, porque los que vinieron después (si, después venían de a dos o_o) eran igual de zombies mala onda. Esconden algo raro, trafican sangre o no sé.

DOMINGO.

Estaba tan resignada que bueno, un día más, un día menos, ya fue todo.
Lo único de genial en este día es que pedí caminar y me cambiaron de habitación a una que era privada. WOW. Increíble.

Para esta altura, ya me conocía a todas las enfermeras, hacíamos chistes, me manejaba prácticamente sola, y casi hacía lo que quería porque estaba bien. Solo que por momento me agarraba un toque de desesperación porque parecía que no me iba a ir nunca más (y me sentía desconectada del universo, algo que en algún momento tenía que decir aunque fuese obvio. Hola ansiedad). Y lo peor es que los médicos no me decían “te vas a tu casa”, me decían que me iba a ir a piso y después, recién de un día más, UN DÍA MÁS, a mi casa.

PERO HEY, ¡ESTABAN LOS GRAMMYS!

Y llegaron las 9 de la noche y faltaba una hora para que empiecen los Grammys y empecé a ver la alfombra roja y…me desperté a las 8 de la mañana con la almohada babeada y el desayuno en mi bandejita, porque claramente me dormí n_n

Amanecí emocionada porque:

A) Mi hermana me prometió traerme chipá. (si, me dejaban).

B) Mi hermana me prometió traerme la PS VITA.

C) Me prometieron pasarme al piso y sacarme de terapia.

Desayuné, me bañé, vino mamá y Camila, comimos chipá, almorzamos, miré Maltilda, mamá se fue, y llegó el Neurólogo.

Me revisó y me dijo “ah estás re bien”. 

Y entonces escuché las palabras más mágicas del mundo:

“Bueno, te podés ir”.

AH KE, ¡pensaba que me iban a pasar al piso!

“¿DE VERDAD?”

“Si.”

“Wiii. ¡GRACIAS!” (Y me contuve para no darle una abrazo, porque hay que ser profesional y adulto). “No es que me hayan tratado mal, pero ya me quiero ir”, agregué.

“Si, si, lo entiendo”.

Y se fué. Y después empezó todo el papelerío de alta, me dieron los estudios que me hicieron, recetas para los remedios, indicaciones, reposo por siete días, etc.

Antes de salir al mundo real, me desesperé un toque:

A las 13 daban el parte médico a los familiares, fuera de la habitación. A las 13.30 el neurólogo me avisó que me podía ir a mi casa. ¿Mi mamá sabía que me podía ir a mi casa? ¿Le habían avisado? ¿Y si se iba sin saber que me podía ir a mi casa? ¿Quién le avisaba? ¿Y si se iba y no sabía que me podía ir y me dejaba ahí un poco más de tiempo y yo me moría de la desesperación por irme y me escapaba por la ventana y tenían que llamar a la policía simplemente por un desfasaje de tiempo e información? Llamé a la enfermera. La enfermera no me contestó. La enfermera no venía. Nadie me decía nada. ¡Llegó el médico de guardia! Me trajo los estudios, le pregunté sobre mi mamá. NADA. No sabía nada. Ya me estaba por agarrar asma. Nadie me contestaba y no hay peor cosa para mi que la no respuesta a mis preguntas. Puteame, pero no me dejes sin respuesta. Estaba por destrozar la 209, cuando llegó la luz, es decir, Ramos, el jefe de terapia a saludarme, ahí me explicó que mi mamá estaba afuera esperándome.

El detalle que me pareció genial, el jefe de terapia intensiva me vino a saludar y me dijo que me cuide mucho. Yo siempre me quejo de que los médicos son fríos y no te hablan, que haya venido a saludarme y a despedirse me pareció un gesto divino.

Aunque podía caminar, creo que por una cuestión protocolar, llamaron al camillero y me sacaron en una silla de ruedas, y cuando salí, me saludaron todas las enfermeras y me desearon suerte y esas cosas. Y yo las saludé a todas y por dentro pensaba, espero no volver nunca más.

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