I-O

Hoy fue una de esas mañanas de domingo geniales que no termino de entender por qué sucedieron pero que están re bien.

Me dormí a las 4 y media de la mañana, a la fuerza, porque no había forma de hacer que mi cerebro se apague y me desperté a las 8.30 porque el efecto de los somníferos imaginarios no duró TANTO.

Dí un par de vueltas en la cama pensando en millones de cosas que no tengo por qué pensar, porque ya es hora de cortarla con esas huevadas y esa gente, así que cuando decidí dejarme de joder, me levanté, me cambié, tomé mi café con leche y mi pastilla anti-migrañas, me hice la listita del supermercado y me fui al Coto.

Salir a las 9.30 de la mañana un domingo por el barrio, fue hermoso. Solamente me cruce con señoras que compraban frutas y verduras, mamás con las tetas hechas comprando facturas y yo con el pelo revuelto yendo al supermercado pensando un montón sobre la infidelidad, Voley, y todos pelotudos que nos quitan el sueño y ya no deberían por qué hacerlo.

Había vientito y sol, estaba fresquito pero no hacía frío ni tampoco calor. Había poca gente en la calle, poco autos, poco ruido. Me pregunté por qué todos los días no podían ser así y me guardé ese momento de paz y tranquilidad como ayuda para sobrevivir al caos semanal. Como si ese recuerdo fuese un corto  que pudiese reproducir las veces que se me cante cuando el estrés me esté por acogotar.

Me sentía caminando sobre las nubes hasta que nos cruzamos y sentí como si una de las balas gigantes del Super Mario me hubiese bajado a la tierra de golpe y sin aviso.

Venía paseando el perro, con anteojos de sol, unas calzas negras y un sweater verde agua. Tenía el pelo largo, como siempre.

Al principio no la reconocí, porque primero miré el perro, después le miré las zapatillas, después la calzas, después el sweater y después la cara.

LA CARA.

Ahí recién reaccioné (tarde, como siempre) y me di vuelta nuevamente para chequear si de verdad era ella. Y si, llegué a ver ese lunar que siempre le brilla sobre su piel tan #FFFFFF.

Tardé en darme cuenta qué mierda era lo que me había sorprendido tanto y por qué no la había reconocido: Los años le agregaron un stroke de al menos 10 pixeles.

Tuve ganas de darme media vuelta, gritarle “Che boluda, engordaste como 10 kilos, ¿de quién te reís ahora?” y pegarle un chicle en la frente.

Pero me encontré con ganas de darle un abrazo y decirle, “todo cambia :)”.

Me hubiese colgado pensando en todos los traumas que las pibas tenemos con el cuerpo, que la fealdad la piloteas pero pilotear que sos boluda es re jodido y la discusión que tuvimos el otro día sobre las modelos de Victoria Secret.

Pero era domingo y tenía un re lista de supermercado por tachar.

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