Sobre el café y las personas

Sobre el café y las personas

“Quiero escribir sobre lo que estoy pensando y no pensar sobre lo que estoy escribiendo”.

 “Quiero escribir sobre lo que estoy pensando y no pensar sobre lo que estoy escribiendo”.   Voy a intentarlo, aunque sé que es difícil porque no puedo evitar el acto de editar mientras escribo, lo cual considero un error fatal. Pero, como tantos errores fatales que cometo a diario y no puedo evitar, no me queda otra que aprender a convivir con el mismo.  

Voy a intentarlo, aunque sé que es difícil porque no puedo evitar el acto de editar mientras escribo, lo cual considero un error fatal. Pero, como tantos errores fatales que cometo a diario y no puedo evitar, no me queda otra que aprender a convivir con el mismo.

 

De hecho, recién acabo de interrumpir el proceso de escritura para leer el párrafo anterior. ¿No ven lo que les digo? El acto de cometer el error que no quiero cometer está tan naturalizado que no lo puedo evitar, incluso cuando soy consciente de que quiero evitarlo. Quizás se deba a que todavía no me terminé la bolsa de galletitas.

Ahora si.

Además de escribir sobre lo que estoy pensando, también voy a intentar escribir más con el corazón que con la cabeza. Y esto es importante, porque en general, siempre es al revés, lo que también considero un error fatal. Los porcentajes casi siempre son algo como un 30% corazón, 70% cabeza. Pero esta vez lo quiero invertir, porque así también voy a estar ayudando a escribir sobre lo que pienso y no pensar sobre lo que escribo.

 

Hace varios meses ya, mi psicólogo me dió el alta. Casi 7 por poner un número. De hecho, la última vez que fui a verlo, fue cuando salí de terapia intensiva. Y porque me obligaron, varias personas de hecho, el neurólogo, el jefe de terapia intensiva, 3 enfermeras, mi tía, mi mamá, mi hermana. Creo que si la tele hubiese hablado también me hubiese obligado a ir. Es curioso como todo el mundo opina sobre las acciones que debe hacer una persona en pos de su bienestar, casi sin tener en cuenta la voz de la persona que tiene el problema.

 

La cuestión es que hace 7 meses que mi psicólogo me dijo que no tengo que ir más a terapia. Y hace 2 que me gustaría sentarme a merendar con él. El tema con los psicólogos es que estuve mucho tiempo odiándolos, pero en este último encuentro mucha paz. Es como que puedo vomitar un mar de inseguridades sin ser juzgada ni nada por el estilo. ¿Por qué? Bueno, porque creo que es un buen escuchador. Y la sociedad necesita mejores escuchadores (además de otras cosas).

 

Sostengo la teoría de que la solución a muchísimas cosas, a veces está en escuchar más y opinar menos, básicamente porque es muy difícil abrirse realmente con alguien: es nadar hacia la otra orilla, por tus propios medios, en bolas, con frío, esquivando monstruos. Llegar no es pavada… si llegás.

 

¿Qué pasó hace dos meses? Después de mucho análisis en la oscuridad, antes de ir a dormir, creo que puedo encontrar ciertos patrones en mi vida. Tengo picos de extrema sociabilidad y falsa felicidad, en donde todo es genial, nada me preocupa más allá de si hay o no hamburguesas en la heladera y de si engordé o no un kilo. Y hay picos de extrema oscuridad, en donde, no sé si todo está mal, pero el mundo me pesa mucho. Y de acá nacen veinte mil millones de cuestionamientos que hacen que mi sueño sea muy pobre, llore más de lo normal, mi ansiedad se vaya a la nubes y traiga a la mesa conversaciones y planteos totalmente sorpresivos, como, por ejemplo, lo que pasó el viernes.

 

Mi estado de ánimo ese día era extremadamente sensible, mezclado con esa sensación de que ya no te importa más nada y vivís en total piloto automático, lo que es totalmente falso, porque de haber sido así, no hubiese dicho lo que dije en el almuerzo.

 

Hablamos de aprender a andar en longboard, de traer a la oficina un SEGA y una SNES, hablamos de libros, de Kafka, de Camus, de que quería estudiar filosofía…

 

Y, entonces, de la nada, dije algo como:

 

“Hace mucho que vengo pensando lo siguiente, ¿no? Que me angustia muchísimo la fragilidad de las relaciones modernas”.

 

 

Ayer fui a comer con un amigo y también se lo comenté. De hecho, agarré una servilleta y le dije “¿ves este papel? Bueno, así son todas nuestras relaciones, frágiles como esta servilleta. Totalmente absolutas, se rompen ¿y que? Ya está, la cambiás por otra, total, mirá todas las servilletas que tenés acá. HORRIBLE.”*

 

*no fue tan así la conversación, agregué cosas para que se entienda el punto.

 

Siento que hoy, cualquier construcción, es muy fácil de romper porque la estructura que la soporta es demasiado débil como para aguantar uno o varios golpes.

 

Y eso me parece muy triste.

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“We are afraid to care too much, for fear that the other person does not care at all.” — Eleanor Roosevelt.

 

Hoy encontré un artículo en un blog que dice que las relaciones son como una taza de café. Hace mucho foco en lo que son las relaciones amorosas, pero se podría extender bastante al resto de las relaciones. Las divide en tres partes: La primer parte del café, lo más rico, dónde todo es genial y brillante; la segunda parte de la taza, dónde está el café posta o, en este caso, la relación de verdad ¿no?, yo creo que podemos llamarla la relación de todos los días, dónde te das cuenta si la cosa camina o no, si el café realmente te gusta o apesta; y la tercer parte, la más horrible de todas, en donde todo es feo y ya es el fin del fin, antes de la próxima taza. Es una buena forma de ver las relaciones.

 

Si me preguntan a mí, creo que hoy probamos muchas variedades de café en muchas tazas diferentes, sin detenernos a pensar un momento en lo que estamos haciendo. Es como que lo hacemos tan automáticamente, que si en la primer taza esa variedad de café salió mal, entonces ese café es horrible, la cafetera vino mal, el agua estaba podrida, el azúcar vencida, la taza tenía detergente, y hay que tirar todo y pasar a la variedad siguiente porque esto ya es un desastre.

 

El problema es que hacer esto es tan fácil que me desconcierta un poco.

 

Se me ocurre que parte de la culpa, lamentablemente, la tiene Internet y el mal uso que le damos a las redes sociales: Si, me estoy yendo por las ramas, pero de verdad, creo que naturalizamos demasiado, hasta un punto aterrador, el unfollow, unfriend, de las mismas y lo traspolamos a la vida cotidiana de todos los días; en donde pareciera que la gente tiene botones invisibles en la cabeza con estas opciones para clickearlas y desclickearlas cuando queramos. Y la verdad es que las relaciones son mucho más que eso, que un botón. Es un problema cuando se empiezan a confundir estas dos versiones, porque la interacción con un botón es muy simple, pero las interacciones con y entre humanos, son lo opuesto a eso y extremadamente complejas. A mi me aterra cada día más a alienación que producen y eso que me paso mucho tiempo en redes sociales (aunque cada día menos).

 

Lo cual representa otro problema, aún peor, una suerte de parálisis social, en dónde, paradójicamente, vuelvo al punto de partida, tomando cafédemasiado rápido, pero con una diferencia… me cuesta horrores pasar a otra taza, porque justamente estoy agotada de hacer testeos totalmente superficiales. Parte del dilema ya lo tengo resuelto, dado que ya sé que variedad de café me gusta, entonces creo que mi desafío (y, me atrevo a decir, el de muchos otros) está en animarse a experimentar con la misma fucking taza de café evitando llegar al fondo tan rápido: Esto requiere de muchas y diversas habilidades, pero hay tres que son claves, al menos para mi, compresión, perseverancia y persistencia.

 

Dicho esto, concluyo entonces que las personas se dividen en dos grupos: las que tiran el café cuando se enfría y las que se levantan a calentarlo.

 

Hint: necesitamos más de la segunda clase, porque de la primera hay un montón.

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