GetGlue
Mi papá fue quien me enseñó a usar una computadora, el que me regaló la Super Nintendo y el que traía cosas raras a casa.
De hecho, tengo una anécdota bastante divertida para compartir: Un día mi padre llegó a casa y trajo una cosa que tenía una lucecita roja que parpadeaba, cuando le pregunté qué era me dijo:

y me tiró al piso, nos reimos mucho y nunca jamás me reveló lo que era.
Un par de años más tarde me enteré que era “PULSE”, un disco de Pink Floyd.
Mi padre me amaba y yo lo amaba a él. Lástima que se murió en un accidente de auto cuando tenía 7 años.

(me dibujé con rulos porque cuando era chiquita tenía muchos)
Todos los psicólogos que me atendieron desde esa edad, hasta los 17 más o menos, coincidian en lo mismo, en que reprimía todo y no hacia “el duelo”.
Me pudrí de escuchar esa palabra en tantos años de mi vida, llega un punto en el que cuando todas las personas repiten lo mismo, sentís que estás hablando con robots o que un alien malo los hipnotizó, no sé, pero no se siente real.
Igual, tenían razón. A Estela, que fué la psicologa que me ayudó a “destrabar” este tema, le expliqué que no hablaba de mi papá con nadie porque cada vez que lo hacía me desarmaba.

Después de varias charlas, varias sesiones y varias lágrimas, logré dominar el asunto como una campeona. Logré “hacer el duelo”.
Tardé unos años, pero al final lo logré y hoy ya puedo hablar de mi papá con total naturalidad, sin sentir que me parto en millones de pedacitos. Logré que los recuerdos lindos puedan opacar el dolor de ya no tenerlo más conmigo.
Claro que a veces me pongo a llorar porque lo extraño y lo necesito, pero es algo que siempre me va a pasar, la diferencia está en que ya no lo… sufro tanto.
Cuando se murieron mis abuelos fue distinto, ya venía entrenada así que no me guardé nada y lloré todo lo que tenía que llorar, grité todo lo que tenía que gritar y hasta me reí todo lo que me tenía que reir.
Cuando se murió mi genial cobayo Billy, pasó exactamente lo mismo.
(Si estás pensando que no se puede comparar la muerte de un humano con la de un animal, no podemos ser amigos)
Analizando mi cerebro.
La historia de mi cabeza, puede dividirse en dos: antes y después de la secundaria.
El antes, abarca el período que empieza en la primaria, más precisamente en tercer grado, y el después abarca el período que empieza cuando terminé la secundaria que se extiende hasta nuestros días.
Las grandes diferencias entre el antes y el después, es que antes yo era algo así:

Un ser humano odioso, malvado, malhumorado, triste y lleno de ondas negativas.
Cualquier persona que me conoce desde esa época puede afirmarlo con un poquitito de miedo y horror en los ojos.
Gracias a Yoda y las fuerzas del universo, maduré y me convertí en casi todo lo contrario:

Una persona bastante alegre, llena de energía positiva, que cree en el poder de los sueños (?). Si bien todavía conservo mi mal carácter y malhumor, los domino muchisimo mejor ;)
Mi teoría es que siempre fuí así, pero antes hacía todo lo posible para ocultarlo. Aunque a veces hoy me siento bastante pelotuda (inseguridades, inseguridades all over the place), estoy súper “orgullosa” de ser la persona que soy.
El problema…
Es a pesar de todo lo que me pasó, a pesar de que ahora hago los “duelos” como una campeona, ambas Celestinas tienen algo en común:
Les cuesta “dejar ir”.
La diferencia está en que la Celestina de antes lo reprimía y la Celestina de ahora no.
Nos vamos a concentrar en la Celestina actual, que es quien escribe y quien importa, lo pasado pisado.

A pesar de que ya inventé la “pócima del desalojo”, necesito algo más potente, porque realmente me cuesta dejar ir las cosas, las personas, los lugares…
Para que se den una idea, lo siento como si me pegara con la gotita:

Después es jodido despegar la gotita, porque lo que la gotita pega nada nada lo despega, no lo olviden nunca jamás.
De hecho cuando era chica, hice un experimento, como no creía que la gotita pegara de todo, me pegué las manos y los dedos. Me asusté tanto que lloré muchisimo y le pedí a gritos a mi mamá que le dijiera al doctor que no me corte las manos. Aunque no hizo falta llevarme al doctor.
A veces despegarse es una necesidad, porque ya estar pegados tanto tiempo empieza a doler, porque nos aburrimos de estar pegados y necesitamos cambiar, porque queremos tener pegadas otras cosas, etc..
Y duele como la puta madre.
Cada vez que me despego de algo siento que dejo pedacitos de mi pegados en la otra cosa, persona, lugar. Dejo espacios vacíos que tardan un montón en reconstruirse y me hacen sentir perdida, tipo un fantasmita…

Por lo tanto debería ponerme a trabajar en alguna loción, crema o gel, que me ayude a despegarme con más suavidad, para que duela menos y no me queden agujeros gigantes que me cuesten tapar.
Me voy a pensar. Si se les ocurre algo, me avisan :)
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